El traje nuevo del emperador

Últimamente me siento cada vez con más frecuencia en situaciones donde me parece que estoy en una película.
Leo, escucho, vivo situaciones que todo el mundo alaba o deplora y yo siento justo lo contrario a lo que parece sentir la mayoría.
Salgo de mi cuerpo, miro a mi alrededor y observo a los demás: disfrutan y fotografían los platos del último restaurante; se gustan a sí mismos con el último grito en zapatillas (qué lenguaje tan “demodé”, Mosiri); aplauden como posesos en los títulos de crédito del último “blockbuster”; admiran al último gurú del tema de moda.
Y ahí estoy yo. Sola. Sin entender nada.
Salgo del cine y me pregunto ¿será que no sé nada de cine? Bueno, es verdad, no he visto todas las pelis de serie B koreanas, no voy a cinefórums pero me gusta el cine y esto que acabo de ver me parece un bodrio y además un bodrio largo. Por casualidad, paro a alguien que sale del cine y con candidez le pregunto: ¿qué te ha parecido la peli? Me contesta “un horror”.
Me pregunto si cada vez más nos resulta difícil marcar nuestros caminos, nuestros gustos, nuestras diferencias. Si, efectivamente, tenemos que ser gregarios también en decir que tal libro es lo mejor y tal peli una obra maestra, y tener una opinión diferente es impensable.
Contracorriente. Sí. Creo que es bueno tener criterio propio. Creo que es bueno pensar por uno mismo y entender lo que nos hace vibrar a nosotros mismos, sin pensar en lo que piensan y sienten los demás.
¿Qué más da si lo último de Tarantino gusta a todos? A mí, NO. Y el último restaurante estaba sobrevalorado y era carísimo. Y el libro que todos leen quizás no me interese lo más mínimo o sí.
Pero lo importante es que entendamos lo que nos hace sentir a nosotros mismos y podamos expresarlo, si nos da la gana.
Si seguimos asintiendo todos al unísono que el emperador está vestido, ¿a dónde vamos a llegar como sociedad?
Creo que lo maravilloso de la vida y de vivir en sociedad es la variedad, la diversidad, incluso de maneras de percibir el arte, a las personas, la comida, y no creo que tengamos que llegar a ser valientes para decir que algo que aparentemente todo el mundo idolatra no es como todo el mundo ve. Eso sería peligroso.
No quiero ver sedas donde hay vacío, ni terciopelos donde sólo hay piel. Quiero que mis ojos y mis oídos me permitan percibir la realidad para pasarla por mi filtro, que es solo mío, como el de los demás es sólo de los demás, nada más.
Protejamos nuestra individualidad, incluso en los pensamientos y en nuestras opiniones; no vayamos unos detrás de otros como borregos porque al final puede haber un abismo en el que caigamos todos sin distinción porque si el Emperador está desnudo, desnudo está.

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